El presidente Evo Morales visitó la ciudad de México el 21 de febrero de 2010

sábado, 20 de febrero de 2010

Editorial de La Jornada: Hacia un nuevo foro regional

El anuncio realizado ayer por el presidente de Bolivia, Evo Morales, en el sentido de que en la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe –que se inicia este domingo en Cancún, Quintana Roo– se gestará "una nueva Organización de Estados Americanos (OEA) sin la presencia de Estados Unidos ni Canadá", recoge una demanda añeja, sensata y procedente: la construcción de un nuevo foro político regional, ante la condición obsoleta e inoperante del organismo que encabeza José Miguel Insulza.

Desde su creación, en 1948, la OEA ha cargado con el estigma de ser, antes que una instancia multilateral para el concierto y el diálogo de las naciones del continente, un instrumento del control neocolonial de Washington. Un claro ejemplo de esta función vergonzosa tuvo lugar en 1962, cuando Estados Unidos empeñó todo su poderío para presionar, chantajear y convencer a la mayoría de los gobiernos latinoamericanos de entonces para que apoyaran la expulsión de Cuba del organismo –seis naciones se abstuvieron de votar, México entre ellas–, y provocó que todos los países, salvo el nuestro, rompieran relaciones diplomáticas con el régimen emanado de la revolución cubana. Además de la marginación diplomática de La Habana, la medida marcó el inicio de un aislamiento económico y comercial en contra de la isla que persiste hasta nuestros días, y que constituye, junto con los amagos permanentes de ofensiva bélica por parte de la Casa Blanca, el Pentágono y las agencias de inteligencia estadunidenses, una agresión injustificable al conjunto de la población cubana.

Esta misma condición impidió, entre otras cosas, que el organismo tuviera el peso necesario para evitar las intervenciones que Washington llevó a cabo a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado en contra de diversas naciones latinoamericanas. La inoperancia de la OEA quedó refrendada el año pasado, cuando ésta se mostró incapaz de revertir el golpe de Estado perpetrado en Honduras el 28 de junio.

Según puede verse, la clave principal de estas fallas radica en el empeño por hacer coexistir, en un mismo organismo, al poder hegemónico estadunidense y a las naciones latinoamericanas, que a lo largo de su historia han padecido las sistemáticas presiones e imposiciones –políticas, diplomáticas y económicas– de la superpotencia. Hoy, cuando en un buen número de naciones de América Latina han arribado gobiernos de signo progresista, alejados en mayor o menor medida de las directrices de la Casa Blanca, es inevitable que surja dentro de la OEA un choque de posiciones entre los intereses de Washington y el ejercicio de la soberanía de esos países.

En la actualidad, las relaciones diplomáticas y económicas entre Washington y el resto de las naciones del continente disponen de numerosas vías de comunicación e interacción. Sin embargo, es deseable y necesario que se avance en la creación de un mecanismo de deliberación política específico para Latinoamérica y el Caribe, a efecto de garantizar, o por lo menos acercarse lo más que sea posible, a un principio de equidad y democracia entre las naciones integrantes.

En ese sentido, cobra especial relevancia la presencia en nuestro país de personajes como Evo Morales, quien ha sabido inyectar a su gobierno fortaleza y voluntad para el ejercicio de un poder soberano y autónomo respecto de los designios de Washington, y podría desempeñarse como un actor decisivo para concretar la construcción de un nuevo foro regional. Cabe esperar que así sea.

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